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1993. 09
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UNA CONVERSACION.
IÑAKI ABALOS y JUAN HERREROS



Berlin
Quema de libros en Berlín, 1933.




Entendemos que el invento de estos Circos es obtener un foro para la conversación. Fabricar lugares así, espacios hechos de palabras, es un lujo mediático pero también arquitectónico, pues éste es un verdadero lugar construido, especialmente si sabemos convertirlo en un espacio en el que las ideas fluyan fácilmente. Sería una lástima rigidizarlo, que pensásemos al recibirlo (es ya un peligro): "cielos, otro ladrillete subidito de tono". Estas cartas que nos mandan los editores del Circo son casi las únicas que nos escriben y escribimos a nuestros amigos, así que por nuestra parte vamos a intentar hacer de su idea un lugar habitable y confortable.

Empezaremos con un hecho trivial que tiene relación con la idea de conversación entre amigos. Alguien (no muy ágil) nos pregunto si, ya que firmamos ambos los textos, los escribimos juntos, y como podíamos hacerlo. Nuestra contestación -"exactamente igual que los proyectos"- fue, a decir verdad, tan trivial como la conversación, o así nos lo parecía hasta que tuvimos encima de la mesa la pregunta contraria: como hacemos nuestros proyectos (en realidad era mas general, "cómo hacer proyectos", pero esa pregunta solo puede pasar a ser pregunta ya traducida). Teníamos que decirlo, decirnoslo: exactamente igual que escribimos; como una conversación.

Asi que conversar sobre la conversación es la pirueta que queremos hacer en este lugar circense de encuentro sin presencia física. La conversación es el modo en el que las cosas se forman en nuestra mano, en nuestro cerebro, en nuestro ojo: mediante una conversación ya vieja, larga, casi permanente, entre nosotros, de cada uno consigo mismo, con los demás arquitectos, con los demás demases: como un fluido que avanza y mantiene una trayectoria relativamente errática, salta inopinadamente, vuelve y describe trayectorias muy diferenciadas: no solo círculos o espirales, también figuras aleatorias, lentas y torpes o a ratos rapidísimas, vectoriales como flechas. Pero no es la geometría (simbólica) de las trayectorias lo importante sino resaltar que no importa ni el origen ni el destino sino el propio fluir, que fluya, que se mueva, la movilidad, el placer del viaje físico o mental, transportarse.

Al hablar las cosas se consumen y aparecen otras nuevas: la conversación es ese avanzar, dejar unos temas y empezar otros, describir trayectorias, hacer viajes en la mente. Existe una arquitectura así, hecha de "capturas" -en lenguaje de Soriano, otro sofista-, mezclas instántaneas, apaños, jirones, mezclas explosivas, sobre todo mezclas que siempre pasan desapercibidas a los profesionales del comentario (el comentario es lo contrario de la conversación).

Al citar la conversación como origen del proyecto salta Rorty en la cabeza, la analogía de la filosofía como conversación que él defiende, tan parecida a un apego al saber ensayístico, problematizador, del que muchos participamos, algunos con mas relajo que otros. Pero no está solo: cuando invoca esta imagen lo hace en tanto que sofista, que nominalista, que hombre del exterior, mundano, superficial, contingente. Esta forma de actuar y moverse es la propia de quien carece de origen y destino, de quien no necesita trabajar en vertical, atado al cielo y al centro de la tierra como un pincho moruno abstracto e infinito, sino plenamente imbuido de ligereza, de intensa superficialidad (es en la piel donde se producen las sensaciones, el contacto, los intercambios con el mundo): es lo contrario de quien cierra los ojos y la boca para ver la verdad en su interior, revelada, dada de una vez para siempre.

Abrir los ojos y la voz -"mirar con nuevos ojos"- y sobre todo ser piel pegada al suelo, todo plano, extenso, sabedor del valor de las palabras, de la persuasión de las imágenes: público y político, campear por el ágora, hablar, discutir, no reconocer dueños, mostrar con orgullo indolencia por lo que no nos atrae y deseo cuando algo nos asombra. ¿Existe una arquitectura de la conversación?. Podría ser una arquitectura que quiere dialogar, salir al foro, al debate, que dice y expresa una visión del mundo o, para ser mas precisos, de la cultura material contemporánea. Es por así decirlo una arquitectura que no tiene meta, mayúsculas, prototipo que emular: no es el reflejo de ninguna Idea Rectora, no conoce los universales (y sin embargo no tiene por qué retorcerse expresando geométricamente angustia ni gritar forrándose de guiños semánticos representacionales). No representa: Es, tiene su propio estar, como si su especificidad técnica y topológica le diese alas, sabiduría y educación, y pudiese andar así por su cuenta, colocarse, mirar, decir: soy y estoy por mí misma; aunque no represento a nadie, no eludo mi sentido cívico. Si no respeto la tradición es porque me importa poco pero quizás si mirases mejor no me encontrarías tan indiferente; al menos no soy maleducada, dejo pasar delante a mis mayores, sé qué es lo que hago. Algo así. Pero, sobre todo, no tiene modelo final, no hay Tipo ni Cabaña ni esas cosas, su tiempo es plano, hecho de intensidades particulares.

No es nuevo esto: solo existe gótico ideal, catedral gótica ideal en la mente de Viollet, jamás en las de los maestros de Reims, Lyon, Amiens. Ellos conversaban, todo el pensamiento escolástico -urbano, comercial, de vuelta a la ciudad y al espacio cívico es una cultura del diálogo (el paso de los eremitas a las órdenes mendicantes, de la "fuga mundi" a las "disputatio" escolásticas). No hay trayecto lineal: hay itinerancia, vagabundeo de las ideas, ida y vuelta, reelaboración, captura, polarizaciones... También Vandelvira establece un diálogo maravilloso con la técnica, el lenguaje, las circunstancias locales, la vida coetánea andaluza. La catedral de Jaén, ese palacio civil vuelto del revés, esa Lonja atea, gótica y humanista a la vez, es una arquitectura que habla con los arquitectos -con Siloé- y con las ciudades, que administra sus herencias abriendo nuevas perspectivas.

Quien conversa es contextualista, es sofista (Sota y el Oiza pre M-30) pero no en un sentido pequeño, geométrico, material o proporcional, sino puro: actúa reaccionando frente a los estímulos de un contexto que es su tiempo en un sentido amplio. Un contextualista no esta en medio gozosamente lleno de contexto, esta tangente, toca y se retira; es escéptico, tiene que alejarse porque quiere ver globalmente, operar holísticamente, evitar el manoseo. Entra y sale.

Su mente opera globalmente. Puede cortar la conversación para llevarla a un punto lejano y describir un trayecto que se atraviesa y finalmente ilumina por sorpresa el tema original. La mente retórica vagabundea, hace nubes, se remueve. Todos los proyectos estan en ese vagabundear que solo se cataliza, se licúa, ante estímulos precisos, quizá en direcciones imprevisibles. ¿Como se precipita una nube?: chocando con otra, entrando en fricción. Eso es lo que es la conversación: abollar las ideas cruzándolas con otras, llevándolas a lo imprevisible. La conversación empuja hacia el choque. Pero nada de esto se entiende si no se defiende la novedad, la importancia de lo nuevo por sí mismo.

Preferir lo nuevo como reacción, precisamente porque falta aquí y ahora, todo tan prudente y despacio, con tanto cuidado y modestia (falsa): "aportemos nuestro granito de arena", "un eslabón mas", "todo conduce siempre a lo mismo", "en la historia esta la respuesta..."

Sí sí, ya lo sabemos, pero no queremos dar respuestas, sólo queremos hacer preguntas mas astutas. Estamos ligados a Vandelvira, pero también a Shin-ju-Ku, a Freud, y a Schömberg, y al Banco de Bilbao, y a toda la música pop, y a Carver y a tantos tiempos, cosas, personas, lugares que si de este dejarse atravesar solo sale un poquito mas de lo mismo -justo lo que no pasa con quienes nos atraviesan- daría asco, un cacho de asco importante, un buen pedazo de aburrimiento.

Lyotard dice "recuerden que el techné griego es a un tiempo arte y lo que llamamos tecnología. Recuerden también que la tecnología siempre implica nueva tecnología". Tecnología siempre implica nueva tecnología. No se trata de una sensación irracional, la cuestión de la novedad esta ligada a nuestro modo de operar, a la cultura material de una época (podría hablarse de la palabra moderno, de la cínica cantinela de quienes dicen ser modernos y odian la moda). Poseer la técnica, entrar en posesión de la técnica es abrir la posibilidad de usar sus dos productos: las herramientas y las armas; es construir una máquina -p.ej. este Circo mediático- capaz de deshacer la ficción de que lo ya dado es Todo y tener en la mano los útiles para hacer lo Otro. Romper y fabricar a la vez. Eso es lo nuevo y el impulso hacia él. Por eso nuestro interés por la cultura material ha sido decir: no es verdad que aquí solo pueda hacerse esto. Quizás lo fue pero ahora no, no para nosotros, nuestro tiempo es otro y todo, desde la forma en que operamos, a los utensilios, el tacto o la mirada, todo puede ser distinto y es mejor que lo sea. Miremos aquí, es mejor, mas atractivo, distinto, incluso es posible que salga algo nuevo y que emocione; no me haga poner mas ladrillos por favor, ya sé lo que son sus paredes, gordas, bien hechas, robustas, para siempre, bien fundadas: no las quiero.

Me gusta lo que esta ahí y puede escaparse si no lo ves, es mío, disfruto y me gusta más. Es una cuestión contextual. ¿Con qué opero?. Con lo que hay, con lo que esta ahí "afuera". No lo juzgo, no sé si es bueno o malo, no lo sabría de nada ni de nadie. Esta ahí, es mío, puede ser emocionante, hace las cosas fáciles y ligeras, es móvil y escurridizo, dialoga, me interesa, me refleja. Pero mas que nada es mi naturaleza, pertenezco a ella, me muevo en ella, en un sentido literal y figurado. Las nubes y su reflejo en la fotografía de Laguillo lo expresan mejor que nada.

huevo
Huevo dogón

Además, esta la vulgaridad: el "tal cual", participar de una sabiduría material que es patrimonio de nuestra época (el niño manejando mandos a distancia). Entender que entrar en esta cultura popular es menos paternalista que la actitud figurativa del pop, -"demos anuncios, historia y flores a la gente, es lo que quieren" (Venturi)-, que existe una forma de habitar en el mando a distancia que no es gritona, que no tematiza el fenómeno sino que lo usa (como el niño). Charles Eames es una referencia, otro conversador, otro trabajo hecho pegado al suelo.

Hacer las cosas con menos cosas no es nostalgia de Mies, es saber que siempre cuando las cosas se ponen difíciles el camino estaba equivocado. No resolver problemas, quitárselos de encima, entrar en otra conversación cuando hay un torpe en la que estamos.

Así se llega al tema del espacio que alguien ya ha tratado en un Circo anterior. Desde la perspectiva del conversador ese espacio existencial, fenomenológico, es antiguo, cargado de intención, no pasa, queda mal: hablar de esencias con menos de 40 años es extraño, daría vergüenza que te oyeran tus viejos amigos. No avanzaríamos en ninguna dirección si siguiéramos con Heidegger y un espacio esencial en contra del olvido. El espacio fenomenológico obliga a la contemplación, el ensimismamiento: es una mirada hacia dentro que quiere atarnos al lugar atravesándonos hacia atrás en el tiempo. Es una mirada centrada, hermenéutica, una nostalgia del espesor, de la profundidad de las obras del pasado (un espesor y una profundidad añadidos a posteriori por ese filtro que es la cultura: ya hoy Warhol es percibido con ese espesor).

Hay que defender -pues apenas tiene aliados- una actitud mas exterior que se desliza por la superficie y no se ata ni al lugar ni al pasado: que ve con malicia -nada de inocencia por favor- y rapidez, que intensifica la relación que puede establecerse con el mundo eludiendo pararse a contemplar, vagabundeando sobre las cosas sin especial afecto o rechazo.

El espacio que es materia primordial de esa mirada con la piel, de superficie, porosa y rápida es el espacio cuantitativo, el metro cuadrado como tal, esa instauración del m2 como valor en nuestra sociedad. El espacio banal. Arrancarle emoción al medio físico vulgar, no negociar con la moral, negarse a entrar en categorías de valor.

Es mas certero saber que existe el espíritu enladrillador, la necesidad de la pared, saber que existe un mundo que necesita el refugio, que mira para atrás, que se alimenta del cuarto de papá y mamá, y un mundo que fluye, que necesita aire y ligereza aunque solo sea porque es el único agujero con luz, la luz de la sorpresa o lo diferente por sí mismo. No tiene paredes ni formas estables, es difícil para un arquitecto saber cual es la materia con la que se hace (¿es de materia?), los modelos son de otras disciplinas. Es el Thunderbird de Thelma y Louise contra el despacho de Freud. Es trabajar sobre el deseo, hacerse dueño del deseo oponiendo una conversación hacia delante a la confesión del pasado. Pero el deseo no tiene cuartos, huye o se viene hacia nosotros como las letras del video de Sign of the Times, hay que operar con cosas e imágenes ajenas a la representación y toda nuestra educación es diferente.

Solo sabemos que es mejor quedarse en el borde, en la posición del cínico, del sofista, del maquiavélico, del retórico, del pragmático, del mundano. Hacer que las cosas reproduzcan esa posición, se queden tangentes, implicadas pero en posición de salirse. Que se parezcan a la forma en que estan pensadas, igual que esta nota, como una mezcla de temas que se cruzan, que merodean. Asi, al final podríamos hablar con las cosas. De hecho, todos lo hacemos constantemente, pegamos el oído y de pronto un día empezamos a entender su lenguaje y descubrimos que ellas nos hablan como si fuesen la mula Francis, y nos dicen como quieren ser. Pero este sería otro tema. Acabaremos aquí con la cita de un sueño esquizofrénico revelador:

"Hay un desierto. Pero tampoco tendría sentido decir que estoy en el desierto. Es una visión panorámica del desierto, ese desierto no es trágico ni esta deshabitado, solo es desierto por su color ocre y su luz, ardiente y sin sombra. En él hay una multitud bulliciosa, enjambre de abejas, melé de futbolistas o grupo de tuaregs. Yo estoy en el borde de esa multitud, en la periferia; pero pertenezco a ella, estoy unida a ella por una extremidad de mi cuerpo, una mano o un pie. Sé que esta periferia es el único lugar posible para mi, moriría si me dejara arrastrar al centro de la melé. Pero seguramente me sucedería lo mismo si abandonara. Mi posición no es fácil de conservar, incluso diría que es muy dificil de mantener, porque esos seres se mueven sin parar, sus movimientos son imprevisibles y no responden a ningún ritmo. Unas veces se arremolinan, otras van hacia el norte y luego, bruscamente, hacia el este, sin que ninguno de los individuos que componen la multitud mantenga la misma posición con relación a los demás. Así pues, también yo estoy en perpetuo movimiento, y eso exige una gran tensión, pero a la vez me proporciona un sentimiento de felicidad violento, casi vertiginoso".


Iñaki Abalos, Juan Herreros.
Noviembre 1.993


Ministerio del Interior
Edificio administrativo para el Ministerio del Interior. Madrid
Arquitectos: Abalos y Herreros. Fotografía: Manolo Laguillo





CIRCO M.R.T. Coop. Rios Rosas n. 11, esc. A, piso 6, 28003 MADRID.
Editado por: Luis M. Mansilla, Luis Rojo y Emilio Tuñón